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Reconstrucción de un tejado

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En la zona de Castilla lo tradicional para tejados era poner vigas y cabios sin escuadrar y poner ripia encima (ramas, astillas, tablas viejas, etc.) Sobre eso se echaba tierra y paja de dos años para aislar, pues la paja vueja ha perdido el lustre y no hace resbalar la teja..

El problema era que caía tierra constantemente, por lo que se hacían cielos rasos y en la paja anidaban desde ratones a pájaros que levantaban las tejas. Hoy, al restaurar estas casas, lo normal es quitarlo todo, vigas y cabios incluidos, y se pone toda la madera escuadrada. Porque se coloca más fácilmente y encima se pone tarima o tabla, sin problemas. Sobre eso un aislante en placas, un impermeabilizante tramspirable y teja.

La Anita pidió presupusto a unos albañiles de la zona, que calcularon -honradamente- lo que les costaría desmontar todo, traer material nuevo y echar una capa de compresión de hormigón. Pronto se dieron cuenta de que los muros no aguantarían esa carga, y propusieron hacer un pilar de hormigón armado en el centro de la casa, con cimientos propios, para soportar el peso.

La Anita no tenía tanto dinero.

Nosotros pudimos tomar la obra por una feliz casualidad y nos pusimos a ello. El vigamen, en esta zona de Soria, acostumbra a ser de sabina, una madera preciosa que no se pudre ni se apolilla y que hoy está completamente protegida. Era una pena cambiarle la sabina por pino nuevo y buscamos otra solución. Para salvar los desniveles entre cabios pusimos las tablas a espiga entre cabios. Lo había visto en la revista "Adobe Builder" hace años.

Tratamos la tabla sumergiéndola en agua caliente (30°C) y a continuación en agua a la misma temperatura, saturada en sal de bórax (tetraborato sódico). El punto de saturación lo obtuvimos con el 4% del volumen de agua (un cubo de agua caliente-una taza grande de bórax).

Después de dejarlas secar, las tratamos con dos capas de aceite de linaza, aguarrás y pimentón picante (típico en algunas zonas). Una vez en el tejado había que cortar todas las tablas a medida, para lo que estuvimos dos personas, una midiendo y clavando y otra cortando. Elegimos no usar herramientas eléctricas y cortamos todo con una sierra japonesa. En velocidad no perdimos nada pero sí en desgaste físico. Estoy contento de haberlo hecho a mano en los dos tejados pero, para un tercero, usaría una sierra circular.

Una vez puesta la tabla, desde abajo se disimulan los desniveles, pero desde arriba quedan aún más patentes. Echamos hilos para decidir el nivel que queríamos conseguir con el aislante y según esas líneas hicimos los rastreles. En el primer tejado hicimos los rastreles con cal y arena de Arlita (A-5) y en el segundo con vermiculita y la verdad es que, tanto da uno que otro en precio como en resultado. Nuestro objetivo era hacer una capa aislante, vertida sobre el sitio, que se adaptara a los desniveles y que por encima fuera plana para poder poner la teja y firme para poder pisar. Hacer un mortero con corcho granulado, con arlita o con termita era una posibilidad, pero queríamos probar con paja. El aislante de paja ha sido un sueño inalcanzable durante años en el mundo de la bioconstrucción y nosotros queríamos conseguirlo. Tras mucho probar, la mezcla a la que hemos llegado es: 8 lts. de agua, 30 de cal en pasta, 10 de arena de río y toda la paja que tome. En el primer tejado hicimos la cal en pasta a partir de hidróxido y en el segundo a partir de óxido. El apagado de la cal es un trabajo peligroso y especializado, y no lo recomiendo a un autoconstructor, pero la verdad es que se disolvía mucho mejor el de óxido.

La mezcla la hacíamos a mano, batiendo primero con un taladro la cal y el agua, luego, con guantes largos (y gafas protectoras), la arena y finalmente la paja. El resultado lo echábamos en cubos que subíamos al tejado, vertiéndolo entre los rastreles y nivelando con una regla de metal. A la semana está completamente seco y firme al paso. En zonas de mucho tránsito empleamos tablas para pisar pero no eran imprescindibles. No empleamos cemento porque el cemento hace puente térmico. Para ilustrar: un litro de cemento pesa 1.500 grms., uno de cal: 600 grms. Un litro del aislante de paja del nuestro pesaba 622 grms. Entiéndase que cuanto más ligero, más aislante resulta.

Sobre esta capa de aislante, ya bien nivelada, pusimos Tyvek y sobre él la teja con cal y arena (1:3)

No empleamos Onduline en ningún tejado por lo caro que resulta y porque limita mucho las posibilidades de hacer cosas diferentes (salidas de chimeneas, claraboyas, troneras, limas, hoyas...).

En el segundo tejado teníamos que tejar sobre un ábside, que nos dió algún quebradero de cabeza. A la hora de poner la tabla no sabíamos por dónde empezar. Queríamos ponerla radial, pero si empezábamos desde el centro partíamos con un triangulillo de madera y era difícil que no nos desviáramos. Si empezábamos desde el extremo, aún peor. Al final empezamos desde el centro, y después colocamos tabla hacia el centro y hacia el exterior.

El colocar la teja nos volvió a proporcionar horas de debate. Originalmente las líneas estaban todas compensadas en abanico. Yo sabía que no tenía paciencia para elegir una a una las tejas y volverlo a montar como estaba, pero había que hacer algo elegante. Al final se nos ocurrió hacer un frente en abanico y dos cornijales (uno a cada lado) para tomar la dirección de las aguas del tejado. Quedó bien.

Lo del aislante de paja es totalmente recomendable para autoconstructores y lo de la tabla a espiga también, además es una preciosidad desde dentro la casa. Para profesionales quizá fuera más rentable un mortero de corcho mezclado en la hormigonera, pero la verdad es que a nosotros nos salió rentable, la Anita ha mantenido sus vigas de sabina, tiene un techo precioso, le ha costado una quinta parte de lo que le habían presupuestado los otros albañiles, y no tiene una columna de hormigón atravesando su casa. Un final feliz.

Publicado con permiso de EcoHabitar

­http://www.ecohabitar.org/

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