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Ecoaldeas en la ciudad

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Algunos ejemplos de ecoaldeas urbanas

No sólo es posible, existen varios ejemplos de ecoaldeas urbanas en distintas ciudades europeas. Christiania en Copenhague, Ufa-Fabrik en Berlín, Wilhelmina Terrein en Ámsterdam y Understenshöjden en Estocolmo, entre otras, forman parte del reducido elenco de ecoaldeas urbanas. En todos estos casos se trata de grupos de personas que viven en un mismo lugar dentro de una ciudad y que comparten una misma visión, aunque sus experiencias vitales hayan sido diferentes. En los dos primeros ejemplos se trata de viejas ocupaciones que con el paso de los años se han “legalizado”. Christiania se fundó en 1971, tras la ocupación de unos antiguos cuarteles militares. En la actualidad, unas mil personas viven ahí, compartiendo un sistema de democracia directa y autogestión. Lo mismo se puede decir de la Ufa-Fabrik, que existe desde 1979, después de que un grupo de personas ocupara los terrenos de unos viejos estudios cinematográficos. Unas 50 personas residen permanentemente en el lugar, aunque el número de visitas anuales supera las 200.000. El caso de Wilhelmina es paradigmático. Se trata de un antiguo hospital que iba a ser demolido. Gracias a la activa labor de un grupo de personas se consiguió que las autoridades cedieran el edificio y el terreno adyacente para iniciar un proyecto social y de vida. En la actualidad casi cien personas de muy diversa procedencia viven en régimen de alquiler (muy barato) en edificios renovados y cuidados jardines, en un lugar en el que han creado diferentes empleos: una guardería, una fábrica de futones, un taller de juguetes, una tienda de decoración… y en el que se han asentado diferentes organizaciones sociales, ambientales y de desarrollo. Por su parte, Understenshöjden comenzó como un proyecto de eco-urbanización (cohousing), que poco a poco fue evolucionando hacia una ecoaldea al desarrollar con mayor intensidad sus características sociales. Cuarenta y cuatro familias, distribuidas en catorce casas de una y dos plantas, viven en el lugar.

Cualquiera de estos modelos es válido y aplicable en cualquier ciudad española. La ocupación es posible si el grado de cohesión y conciencia social es alto y se tienen objetivos claros, aunque a medio plazo sea imprescindible conseguir “legalizar” la situación para evitar el desgaste que supone la incertidumbre del desalojo. Para que un modelo sea válido no se puede dedicar todo el tiempo a resistir, es necesario en un momento u otro pasar a una nueva fase de construcción de una alternativa.

La compra de un terreno urbano es también una buena posibilidad si se tienen los medios para hacerlo. A partir de ahí, la permacultura puede ayudar en el diseño, las casas pueden ser autoconstruidas y con materiales naturales, se puede crear un centro social que favorezca los encuentros y la convivencia. El problema en este caso es superar todos los obstáculos legales a la hora de conseguir permisos. En España, la ecoaldea Valdepiélagos constituye un buen ejemplo de ecoaldea periurbana.

Con todo, para muchas personas, probablemente para la mayoría, ni una ni otra opción son posibles. Faltos de tiempo y del compromiso necesario para la ocupación, faltos de dinero para la compra y ejecución de una ecourbanización, y obligados a permanecer en la ciudad, andan perdidos en su búsqueda de alternativas sostenibles al sistema actual.

Una ecoaldea es ante todo un espacio de convivencia

Por ello, es fundamental extender el concepto de ecoaldea urbana en una línea que sea factible para esos millones de personas que viven en la ciudad, cuya intención no es ocupar nada, ni irse al campo, ni construir una ecourbanización. La clave está en reconocer que una ecoaldea es sobre todo un espacio de convivencia en el que se comparten cosas, un espacio en el que se desarrolla la comunidad, y que ese espacio no es necesariamente, o no solamente, un espacio físico. En definitiva, cualquier grupo de personas que viviendo en un barrio de una ciudad se reconozca como grupo con un objetivo común, con un firme deseo de compartir cosas (tiempo, recursos, valores, afectos, etc.) y de avanzar en la consecución de un mundo más sostenible, puede ser una ecoaldea. El problema no es que ese grupo haya de compartir el espacio físico con otras personas de la misma ciudad o barrio, el verdadero problema es que el espacio urbano lo hemos ido perdiendo poco a poco en beneficio de un ente abstracto que responde a la lógica de la producción, la especulación y el uso del tiempo como algo que no se puede perder. Reapropiarse del espacio urbano, ocupar la calle y los espacios públicos, perder el tiempo con la gente, debería ser la primera tarea de quien quiera formar una ecoaldea en la ciudad.

Crear o robar a la ciudad espacios para la convivencia, para el juego y las relaciones, para celebrar fiestas y ritos, pero también para procesar problemas y conflictos o llorar ausencias, es un primer paso imprescindible para transformar las ciudades y barrios en ecoaldeas. A partir de ahí, se puede llegar tan lejos como se esté dispueto.

Autosuficiencia alimentaria en la ciudad

La autosuficiencia en las ciudades no es más difícil que en el campo. Muchos descampados se pueden convertir en productivos huertos aplicando técnicas de permacultura y agricultura ecológica. Además de producir alimentos sanos, pueden servir como lugar de aprendizaje y experimentación para niños y jóvenes y lugar de encuentro con la sabiduría de los ancianos. La ciudad de La Habana, en Cuba, es un buen ejemplo de cómo es posible, cuando la necesidad aprieta, aprovechar patios y jardines para cultivar toda la verdura que una familia necesita en un año. En climas moderados, un pequeño balcón, al que se pueda adaptar un invernadero, tiene espacio suficiente para garantizar las necesidades de hortalizas de una familia.

Por si esto fuera poco, en muchas ciudades de Estados Unidos y recientemente en Europa, se está empezando a poner en marcha lo que se llama Agricultura Apoyada por la Comunidad. La idea es simple: un grupo de personas encarga a uno o varios agricultores de los alrededores que produzca alimentos para ellos, a cambio de una cantidad de dinero que estas personas entregan al agricultor al principio del año. El agricultor vive con ese apoyo, sin preocuparse de los vaivenes del mercado, y a cambio suministra a esas personas verduras frescas y hortalizas cultivadas ecológicamente.

De esta manera, no sólo es posible conseguir alimentos sanos, sino cualquier otro producto que necesitemos. Lo primero es simplificar nuestra vida y reducir nuestras necesidades de tecnología sofisticada, que normalmente lleva implícita una gran cantidad de energía en su elaboración. Tras esta primera revisión, podemos buscar aquello que realmente necesitamos entre los artesanos de los alrededores, apoyando la fabricación artesanal y la pequeña industria. Los Grupos de Autogestión del Consumo, GAC, como los que ya existen en varias ciudades, pueden ser muy útiles para establecer relaciones con grupos de artesanos y pequeños fabricantes, consiguiendo de ellos productos hechos con materiales sanos y en condiciones laborales justas.

Reciclado y ahorro de energía

El ahorro de energía, utilizando colectores solares para el agua caliente, cocinando con el sol siempre que sea posible, aislando bien las viviendas, utilizando al mínimo los aparatos que consumen electricidad, desplazándose a pie o en bicicleta en lugar de utilizar el coche, etc.; el ahorro y limpieza del agua, no arrojando productos sólidos ni tóxicos por los desagües; el reciclaje de la basura, incluida la materia orgánica para hacer compost… Todo ello son ideas que ya se están poniendo en marcha por los ayuntamientos, pero que están todavía muy lejos del ideal. En permacultura se dice que en la naturaleza todo se recicla, que no existe el concepto de basura porque los “desechos” de cualquier sistema son utilizados por otro. Nosotros estamos muy lejos de esta situación, pero para los candidatos a formar una ecoaldea urbana ésto debería ser una prioridad. Muchos de los objetos que tiramos a la basura se podrían llevar a un centro de intercambio, que habría en cada barrio, en el que la gente depositaría todo lo que le sobrara en casa, a la vez que se podría llevar todo lo que necesitara. Los centros que acumularan demasiado podrían ceder sus existencias a otros centros donde hubiera más demanda.

Hacia una economía urbana solidaria

Fomentar el intercambio, el trueque, el apoyo económico solidario de proyectos es así mismo fundamental para convertir un barrio en una ecoaldea urbana. En ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza… existen asociaciones de financiación solidaria, grupos de apoyo a proyectos, GAP, que funcionan todavía muy por debajo de sus posibilidades.
Para quienes desean formar una ecoaldea urbana existen varias posibilidades a la hora de gestionar su economía, que van desde compartir todos los recursos hasta compartir solamente recursos para algunos proyectos, pasando por la existencia de diversas cajas comunes, etc. Todo mejor que tener el dinero en el banco engordando la cuenta de sus principales accionistas, quienes no muestran ningún escrúpulo en multiplicar sus beneficios a través de inversiones especulativas o de simple y pura explotación en países del Sur. También es fundamental fomentar el autoempleo, las cooperativas y crear pequeños negocios que favorezcan la circulación interna del dinero y una justa redistribución de la riqueza.

Todo un mundo de posibilidades

Un grupo de personas suficientemente amplio, viviendo en un barrio de una ciudad, todavía puede hacer muchas más cosas, casi tantas como su imaginación se lo permita. Podrían crear una escuela para sus hijos en la que se siguiera un determinado modelo pedagógico (Montessori, Waldorf, Paideia, etc.). Los profesores podrían cobrar su salario parte en dinero y parte en especies, viviendo en el centro social, recibiendo la cesta de hortalizas, utilizando el club de trueque, etc. Se podría crear un centro natural de salud, formado por especialistas en medicina natural y holística, en diversas psicoterapias, en yoga y otras técnicas de relajación y crecimiento espiritual, etc. Se podrían organizar todo tipo de celebraciones, actividades lúdicas y de entretenimiento.

Se trataría en definitiva de recuperar la comunidad, de romper con nuestro cómodo individualismo, aceptando que el espacio de la convivencia es difícil, lleno de temores y conflictos, pero sabiendo que los inevitables conflictos que surjan son una posibilidad para seguir creciendo y que las recompensas son muchas. Creo sinceramente que tenemos que dar este paso, nuestra existencia como seres humanos está en juego.

Publicado con permiso de EcoHabitar

­http://www.ecohabitar.org/

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