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Crónicas de Brasil II: El Museo Afro-Brasil de São Paulo

El Museo Afro-Brasil de São Paulo

Las crónicas de esta serie recogen observaciones sobre paisajes y ciudades de Brasil, poniendo especial atención a sus edificios, espacios públicos y museos como sitios que guardan la memoria de sus habitantes. Este texto explora las versiones del pasado que propone el Museo Afro-Brasil, instalado en uno de los pabellones del parque Ibirapuera, diseñado por Oscar Niemeyer.

En uno de los pabellones más pequeños del parque Ibirapuera de São Paulo se instaló, en 2004 el Museo Afro-Brasil. El pabellón, de planta ortogonal, tiene dos niveles y medio, comunicados por una rampa ancha y recta, en dos secciones: un rectángulo recortado de la loza superior que se desdobla y desciende como los accesos de las naves espaciales en las películas de ciencia ficción.

Las exposiciones del museo, curadas por el artista Emanuel Araújo, hacen uso admirable de los espacios del pabellón. Los objetos no están encerrados por mamparas, ni están organizados en recorridos lineales—están dispuestos libremente en las plantas abiertas; desde el nivel de la entrada, se pueden ver las exposiciones en el medio nivel bajo la tierra, y se adivinan algunas de las piezas que hay más allá de la rampa ascendente. En estos espacios, los visitantes pueden trazar sus propios recorridos—van formando asociaciones entre los objetos que capturan su atención y descubriendo así la pluralidad de historias que emergen y convergen en la tradición afro-brasileña.

Pudiendo ser una denuncia de siglos de violencia y discriminación, el Museo Afro-Brasil es una celebración. Los esclavos brasileños fueron marcados, como el ganado, con fierros; fueron vendidos como mercancías, y cuando escapaban de las plantaciones, aparecían anuncios en los periódicos que ofrecían recompensas a quienes los encontraran. Todo esto está documentado en el museo: grilletes, contratos de compra-venta, grabados y fotografías que muestran la vida diaria miserable de cientos de miles. Pero como conjunto, el museo no presenta una historia de la opresión, sino de la riqueza cultural que sobrevive la opresión.

Como tantos otros, el museo podría ser también un documento del “folclore”, y mostrar lo que hacen y creen y celebran “los demás”. En el piso superior hay una colección amplia de objetos ceremoniales—vestidos y máscaras del carnaval de Olinda, del Bumba Meu Boi de Maranhão, de las Cavalhadas de Pirenópolis, e imágenes y ofrendas del Candomblé y el Umbanda. Podría haber una sala dedicada a cada una de estas fiestas y religiones, con leyendas que dijeran cosas como, “El 12 de octubre, miles de peregrinos visitan la basílica de Aparecida tocando tambores, que en la tradición africana es una manera de llamar a los ancestros”. Pero hay pocas leyendas en el museo, y las que hay no están redactadas en tono declarativo.

Los distintos objetos del museo están yuxtapuestos, y muchos de ellos no son obviamente “afro-brasileños”. Están ahí porque conectan al resto con el pasado o abren espacios para pensar en el futuro—son recordatorios de que la tradición afro-brasileña no es de una minoría, sino de todo Brasil. Tiene sentido entonces, por ejemplo, la presencia de una pila bautismal de madera, del siglo XVII, rodeada por imágenes labradas en Benin y por grabados de viajeros franceses del siglo XIX. Más allá de la pila bautismal hay obras de arte contemporáneo. Cada visitante podrá interpretar estos objetos según sus propias ideas, su historia personal, sus preconcepciones—y quedará claro que los pasados de Brasil, las culturas e historias que lo componen, son múltiples, llenas de posibilidades, y que no pueden ser relegadas a los territorios de un pasado trágico o a los del folclore.

He visitado el museo tres veces, en un periodo de un año, y cada vez he encontrado un espacio distinto. Las exposiciones temporales, con límites poco definidos, cambian, y cambia también la organización de los objetos de las colecciones permanentes. La tercera vez, visité el museo después de viajar durante un mes en Brasil, buscando un sitio para mi trabajo de campo—iba flirteando con distintos proyectos, de pueblo en pueblo, según me recomendaran los taxistas, los profesores de las universidades y las personas con las que me encontraba en las plazas. Fue así que visité Aparecida, el pueblo construido alrededor de la basílica de la virgen negra que se manifestó ahí en el siglo XVIII; y fue así que llegué a Juazeiro do Norte, en el interior del estado de Ceará, ciudad construida en torno a la figura del Padre Cícero, santo para millones de peregrinos, pero no para el Vaticano. También vi, en prácticamente todas las iglesias a las que entré, imágenes de São Benedito y Santa Efigênia, santos negros.

En el Museo Afro-Brasil, en un espacio al centro de la planta superior que me pareció de pronto un altar mayor, me encontré con las imágenes de todos ellos. Figuras policromadas, talladas en madera, de la época colonial, junto a figuras de yeso, despostilladas por el uso; y también Aparecidas pequeñitas, en cajitas de plástico con forma de televisión y con banderitas de Brasil, y fotos de familias al pie de la estatua monumental del Padre Cícero, que cuida Juazeiro desde las alturas. Al fondo del “altar”, cabezas y piernas y brazos de madera—exvotos que llevan los fieles a las iglesias como testimonio de las gracias alcanzadas; cada una, expresión material de una historia personal.

En una vitrina que marca los límites del altar mayor, había un pequeño batallón de São Beneditos, viendo hacia los exvotos. Me detuve en una imagen, chiquita, del siglo XIX. Como todos los São Beneditos, llevaba al niño Jesús, blanquísimo, en brazos, y vestía un hábito negro. Seguro alguna vez estuvo, pensé, en casa de alguien; en mis viajes vi, desde las ventanas de las casas, decenas de altares domésticos—rincones con objetos sagrados y oratorios que abren el tiempo cronológico para llenarlo de historias pasadas y futuros posibles.

La imagen de São Benedito, ahora un objeto de museo (los objetos de los muesos también son sagrados), ligaba a sus dueños a su pasado familiar y a los pasados de Brasil—el culto de este santo lo introdujeron los Portugueses, y miles lo hicieron objeto de su devoción por el color de su piel. Quizás pensaron: por más que digan que somos inferiores, e incluso que no tenemos alma, ellos mismos se desdicen, pues tienen entre sus santos a un negro como nosotros. Podemos usar la religión que nos han impuesto para exigir igualdad (y no simplemente “usar”, porque creemos también; ya hicimos nuestro el catolicismo): ¡no sólo los blancos pueden ser santos!

Todas estas historias en el altar de una casa, con un São Benedito al centro. Fue de la abuela, que quizás era esclava, y lo guardó escondido por años en la senzala de una plantación, donde le rezaba en las noches cuando terminaba la jornada de trabajo. Rezaba por su libertad y la de sus hijos; conocía bien las historias de sus ancestros en África, no sólo libres, sino algunos de ellos soberanos, reyes y terratenientes, y esperaba algún día regresar—si no en vida, cuando muriera, su alma viajaría al otro lado del Atlántico. Cuando rezaba la abuela, el tiempo dejaba de ser lineal; estaba abierto, pleno de lamentos y esperanzas. Todo eso contiene la imagen del santo, como un agujero negro en la superficie del tiempo.

Las historias que convergen, en mi recorrido del museo, en el São Benedito, las narran sus colecciones: los orígenes en África; la colonización, la esclavitud y el bautismo en la pila de madera; la vida y muerte en las haciendas, documentadas por exploradores y viajeros; la adopción y transformación de la religión de los portugueses, con sus fiestas y ceremonias; la libertad que pervive en la obra de artistas contemporáneos. Otros harán, sin duda, recorridos distintos: de esto se trata el museo—de las apropiaciones y reapropiaciones de los objetos, de sus significados a través del tiempo y el espacio. Como demostración de la complejidad y la riqueza de los pasados de Brasil, cada visitante puede imaginar historias distintas, y nuevas en cada visita.

El parque Ibirapuera se inauguró en 1954, para celebrar los 400 años de la fundación de São Paulo. En el 450 aniversario de la ciudad, uno de sus pabellones se convirtió en sede del Museo Afro-Brasil. Hoy el parque es otro: también los edificios acumulan tiempo, y cambian sus usos y significados. Las plantas libres del pabellón y la claridad de sus espacios, con ventanales en las dos fachadas más largas, fueron quizás imaginadas, hace medio siglo, como expresión de la modernidad de la ciudad, cara progresista del país. Hoy son un recuerdo de la confianza de la ciudad en el futuro, y como sede del museo, un sitio para repensar a Brasil.

Fotos:
Pabellón Armando de Arruda Pereira en el parque Ibirapuera
Pórtico del pabellón Armando de Arruda Pereira.
Rampa del pabellón que alberga el Museo Afro-Brasil.
Basílica de la Virgen Aparecida, en el estado de São Paulo.
Estatua monumental del Padre Cícero, en Juazeiro do Norte, Ceará.
Imagen de São Benedito en Salvador, Bahia.


Pablo Landa

Publicado con permiso de Arquine

http://arquine.com

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