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Crónicas de Brasil I: el parque Ibirapuera y el pabellón de bienales de São Paulo

el parque Ibirapuera y el pabellón de bienales de São Paulo

Las crónicas de esta serie recogen observaciones sobre paisajes y ciudades de Brasil, poniendo especial atención a sus edificios, museos y barrios como sitios que guardan la memoria de sus habitantes. El texto a continuación presenta reflexiones sobre la ciudad y el estado de São Paulo, y sobre uno de sus espacios públicos más notables, el parque Ibirapuera.

En 1954 se celebraron los 400 años de la fundación de São Paulo—durante siglos, la ciudad fue una población poco importante; la metrópolis de hoy se enorgullece no de sus monumentos coloniales sino de haber sido el punto de partida de muchos de los “bandeirantes”: hombres barbados, con sombreros y botas de cuero, que hacían expediciones para conquistar el interior del territorio. Iban en busca de oro, y finalmente lo encontraron en Minas Gerais. Así comenzó a cambiar la suerte del sur de Brasil—la actividad económica de la colonia, antes dominada por los monocultivos de azúcar del noreste, se concentró pronto en las minas.

No fue hasta el siglo XIX, sin embargo, que São Paulo comenzó a asumir su papel como capital económica de Brasil. Los paulistas comenzaron a plantar café en los cerros alrededor de la ciudad, cuando ya no valía nada el azúcar y ya se había acabado el oro. Las tierras conquistadas por los bandeirantes se llenaron de haciendas, y miles de esclavos comenzaron a trazar surcos, a plantar cafetales y a recoger, una por una, sus semillas—la mayor vergüenza brasileña es haber sido el último país en el mundo en abolir la esclavitud, en 1888.

En el Museo de Arte de São Paulo (MASP) hay un cuadro de Cândido Portinari de 1939, El labrador de café (se volvió célebre al ser robado y recuperado, junto con un óleo de Picasso, en 2007), que representa los cafetales brasileños—surcos que se pierden en el horizonte y montañas depredadas por las plantaciones.

Al centro de la pintura hay un negro, descalzo, con pies enormes, que descansa recargado en una azada, con sus manos también enormes. Es quizás un esclavo —en la iconografía brasileña los esclavos no usan zapatos— plantado firme sobre la tierra y obligado a destrozarla. A su izquierda hay un tronco cortado, y la madera viva, rosa y blanca de savia, parece carne. El negro es un asesino sin sueldo.

Pensaron los paulistas que habría siempre más tierra—que podían cultivarla, agotar sus recursos, y plantar después más lejos. Hoy, los alrededores de São Paulo son bastante tristes. El río Paraíba está rodeado por cerros pelones, casi estériles, con sólo algunos retazos de plátanos y palmeras—souvenirs de la época en que esta región estaba cubierta de densa mata atlántica.

Para 1954, São Paulo era una ciudad rica—sus habitantes invirtieron el dinero acumulado en las haciendas en empresas industriales. Fue en esta época en la que la ciudad adquirió su imagen actual—se llenó de rascacielos y rascacielitos, los cuales, vistos desde lejos o desde el aire, forman una cortina densa de concreto.

La ciudad se llenó también de avenidas, segundos pisos, túneles y pasos a desnivel—sus industrias producían, entre otras cosas, carros, y había que abrir espacios para que circularan libremente. Los edificios antiguos: demolidos. Los espacios públicos: empequeñecidos, en rincones olvidados.

Tiene sentido entonces que para celebrar sus 400 años, São Paulo se regalara un enorme jardín—el parque Ibirapuera. Al centro, rodeados de árboles, construyeron cuatro pabellones, unidos por una enorme marquesina; el conjunto es obra de Oscar Niemeyer. En las mañanas, cientos de joggers circulan por los andadores, entre lagos artificiales y los pabellones. Bajo la marquesina, se deslizan las patinetas, y de vez en cuando, se escucha el estruendo de los grupos escolares que vienen a visitar los museos en los pabellones.

Uno de ellos, el pabellón Nogueira Garcez, recibe exposciones temporales; se trata de la sección de una esfera con una hilera de ventanas circulares que anuncia la obra tardía de Niemeyer. Los otros tres son prismas cuadrangulares, con plantas libres, parteluces en las fachadas, y con grandes pórticos sostenidos, en los dos pabellones más pequeños, por columnas en forma de “V”.

El pabellón más grande es la sede de la bienal de São Paulo—para fortuna de los arquitectos, la mayor parte del tiempo permanece vacío, y se pueden apreciar, a través de sus enormes ventanales, las columnas que, como los surcos de la pintura de Portinari, se extienden indefinidamente hacia el horizonte.

Pero esta no es una sala hipóstila pesada como las de los palacios egipcios o romanos—un mezanine de forma irregular vuela sobre la planta baja, y las lozas superiores se abren en formas irregulares; entre ellas circulan rampas ondulanes. A través de los agujeros-amibas, se puede apreciar el trayecto ascendente de las columnas blancas—quizás también se extienden indefinidamente hacia el cielo.

Si en el cuadro de Portinari el esclavo, al centro, califica el proyecto de transformar el territorio en función del proyecto de acumulación de capital de los hacendados, en el pabellón, las formas irregulares que aparecen de pronto en la planta ortogonal califican el proyecto moderno de optimizar la función en la arquitectura. Recuerdan que hay un mundo más allá del galerón: la marquesina irregular, la mata atlántica del parque, la ciudad desordenada con sus pasos a desnivel. El diseño a partir de la función es un ejercicio entregado a lo inmediato, lo mesurable. Más allá de lo inmediato se encuentra el caos de la vida diaria; más allá de lo inmediato se encuentra también la posibilidad la trascendencia. En el enorme pabellón de las bienales cabe todo esto.

Fotos:
Vista de São Paulo desde el edificio Copan, obra de Oscar Niemeyer
Marquesina del parque Ibirapuera
Interior del pabellón Gov. Lucas Nogueira Garcez, obra de Niemeyer restaurada por Paulo Mendes da Rocha en 2000
Exterior del pabellón de las bienales
Interior del pabellón de las bienales


Pablo Landa

Publicado con permiso de Arquine

http://arquine.com

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